Janus, el dios de las dos caras, observa nuestro cambio


Janus el dios de loas dos caras observa nuestro cambio

Janus el dios de loas dos caras observa nuestro cambio

Edwing Lang, el creador de Polaroid comentó cierta vez que “No sólo necesitamos nuevas ideas: necesitamos dejar atrás las viejas” . Y para ello opino que resulta decisivo no perder de vista tanto la situación pasada como el prometedor futuro que se nos avecina.

En bastantes proyectos que abordo en calidad de Interim Manager, encuentro como las personas que se ven afectadas por cualquier tipo de cambio adoptan de forma bastante clara una de las dos opciones posibles: O bien lo abrazan ilusionados, con la esperanza de quien evoluciona hacia un futuro en el que consideran que estarán mejor; o por el contario ante ese futuro en el que desembocará el proceso de cambio, se resisten “como gato panza arriba” y se aferran a sus viejas tradiciones sin considerar ni ofrecer alternativa alguna a lo que ya conocen.

Con frecuencia, esta situación me recuerda a la dualidad que representa Janus, uno de los dioses en la mitología romana.

Janus era representado como un dios que tenía dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil. Janus era el dios de las puertas, el dios de los comienzos y los finales. Por eso le fue consagrado el primer mes del año (que en español pasó del latín Ianuarius a Enero). Como dios de los comienzos, se lo invocaba públicamente el primer día de enero y también se lo invocaba también al comenzar una guerra. Mientras ésta durara, las puertas de su templo permanecían siempre abiertas; cuando Roma estaba en paz, las puertas se cerraban.

Janus fue usado para simbolizar el cambio y la transición, para simbolizar la progresión de una situación a otra, de una visión y un estado…a otro nuevo. Pero quizás lo más llamativo era cómo representaba el paso del tiempo, ya que su dualidad le permitía, con una cara observar el pasado; y con la otra  prestar atención al futuro…

Actualmente me encuentro inmerso en un proyecto de cambio de la organización de una empresa manufacturera, cuyo futuro pasa indudablemente por una restructuración de todo el proceso productivo. 83 personas resultan muchas, demasiadas como para que ante la situación que afronta la empresa, todos tengan una opinión única y que además sea favorable ante los cambios que estamos llevando a cabo (que son muchos y muy variados).

En una primera impresión podría parecer hasta normal que la reacción ante dichos cambios estuviera ligada a la edad de las personas afectadas. O sea: Los más antiguos del lugar; los más reticentes a cambiar, mientras que los más jóvenes en teoría serían los más receptivos. Pues en este caso concreto, he de decir que no está siendo totalmente cierto este cliché.

La verdad es que no está siendo así, puesto que uno se “ilusiona” tremendamente cuando encuentra personas con 41 años de “experiencia” a sus espaldas, que se comportan como los mejores defensores de los cambios, mirando con esperanza un proceso del cual se sienten partícipes. Es como si “rejuvenecieran” al mirar el futuro que se les viene encima y no sólo participan, sino que hacen valer sus “galones” para alentar a los indecisos que no ven claro el objetivo final. El esfuerzo, creo que vale la pena cuando uno se lleva estas gratas “sorpresas”.

Por el contrario, qué desalentador resulta el ver como personas de mucha menos edad; en este caso directivos y mandos intermedios entre los 35 y los 45 años, se convierten en verdaderas rémoras. Es como si el dios de la guerra romano abriera la puerta de su templo con actitudes que miran al pasado, con prácticas que obstaculizan en vez de sumar, creando situaciones que deshacen las iniciativas puestas en marcha, antes incluso de comprobar si dan resultado o no.

Comparto la forma de trabajo que parte de la premisa de ofrecer una visión, un plan y sobre todo “un pasaje en el barco” a todos los miembros de la organización. Si bien, cuando la negativa es tan rotunda y tan cerrada en banda que daña la viabilidad de proyecto y de la empresa misma, quizás uno debe tomar la actitud del Sr. Lobo en Pulp Fiction cuando dice “Estoy aquí para resolver problemas” (aunque para ello haya que tomar decisiones difíciles).

En esos momentos, considero que no hemos de tener remordimientos y tomar decisiones que, aunque puedan resultar ásperas para ser tomadas desde dentro de la organización, claramente es el camino que hay que despejar para que la nueva organización se abra paso.

Sin duda todos tenemos nuestro “corazoncito”. Pero si bien ese momento de desazón no nos lo va a evitar nadie (a no ser que seamos robots), creo que ver cómo emergen nuevas figuras con sus aportaciones y ver cómo se configura el nuevo orden en la organización con personas con las que inicialmente no habíamos contado… Eso, como dice el anuncio, “Eso no tiene precio”.

Decía al principio que para cambiar “No sólo necesitamos nuevas ideas: necesitamos dejar atrás las viejas”, y quizás me atrevería a decir que incluso ir un poco más allá; necesitamos dejar atrás los prejuicios del pasado y aceptar nuestro papel para participar en el futuro, tomando parte en los procesos de cambio que se nos avecinan.

¿Mirar al pasado pero no perder de vista el futuro? Exactamente. Porque, queramos o no, nos unamos a ellos o no; con toda probabilidad los cambios se van a llevar a cabo; ya que la situación del mercado manda y no podemos mirar únicamente al pasado cuando ante nosotros se nos abre un nuevo escenario al cual hemos de llegar, aunque en ocasiones pueda faltarnos el ánimo y quizás no seamos capaces de ver con claridad cómo.

Quizás entonces no sea un mal momento para encomendarnos al custodio de la puerta, al dios de las transiciones, al patrón de los nuevos proyectos…

 

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